“Una huelga es un lujo que no nos podemos permitir” o “no
está el país para huelgas” son frases que se oyen y se leen habitualmente desde
que los sindicatos la convocaran hace dos días. Parece que estén calificando un
entretenimiento más, de un día laboral, en el que los ciudadanos – calificarlos
de trabajadores sería extensivo teniendo en cuenta la cantidad de ellos que no
tienen trabajo – deciden salir a decirle al gobierno que las medidas anunciadas
en la reforma laboral son demoledoras de todo el entramado social conseguido en
los últimos años. Y hacerlo de esta manera, mediante una huelga, es muestra de
la gravedad de la situación en la que se encuentran. No es un capricho festivo
y supondrá para muchos, un sacrificio añadido. Por tanto hablar de lujos es
improcedente y resulta indignante que este recurso, el último que queda para
mostrar el rechazo de las medidas que se quieren imponer, se califique con
tanta banalidad y oportunidad. La huelga general no es un pulso al gobierno, no
es una partida que se pierda o se gane, es la expresión de un derecho
constitucional que tenemos y que podemos ejercer sin que los poderes públicos,
reales o fácticos, lo impidan. La solución a la crisis producida por los entes
financieros y económicos no puede buscarse solo en el sacrificio de los
asalariados reduciendo su capacidad económica y condenándolos al paro y a la
exclusión social. El anterior gobierno perdió credibilidad y apoyo cuando no
supo o no pudo, aportar medidas en consonancia con las ideas que habían
impulsado la socialdemocracia en el último siglo, y siguió los dictados
neoliberales de aquellos que habían sido los responsables del desastre
económico mundial. Ahora, el Presidente Rajoy da por amortizada la huelga antes
de producirse, y se empeña en convencernos de que la reforma es la única
posible y además imprescindible para asegurar un futuro mejor. En esta segunda
intención habrá que darle la razón ya que peor se nos antoja difícil, pero
pensar que las soluciones son únicas y además las presentadas, es de una
prepotencia característica de los mediocres.
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