Me resulta chocante la exquisitez
en las formas que se gastan algunos días en el Parlamento. Esta semana han
hablado de la jornada de huelga general convocada para el próximo día 29 en
rechazo de la anunciada reforma laboral, y un parlamentario socialista se ha
visto a su vez enmendado por su jefe de grupo, al firmar una enmienda en la que
se “podía entender” que se apoyaba la huelga y no solo las manifestaciones en
esa jornada. -¡Nada de huelgas!- parece decirse, y sigo sin saber si se refiere
a los propios parlamentarios o se trata de una consigna general. Si hablamos de
los representantes públicos, incluso cargos públicos del gobierno, el hecho de
secundar una medida de fuerza, para evitar lo que algunos califican como la
mayor agresión a los derechos laborales del último siglo, y ¡mira que ha habido
agresiones!, no parece procedente. ¿Por qué? Es obvio que debería comportar la
pérdida de sus haberes como cualquier otro trabajador, y no veo el impedimento
o perjuicio político que ello conllevaría, aparte del económico como a cualquier
huelguista. Algunos entienden que no es correcto desde un partido político
apoyar una huelga general, que para eso están los sindicatos, pero sí acudir a
manifestaciones de apoyo, suponemos que fuera de horas de trabajo. El PNV y el
PP rechazaron la propuesta de apoyo a la huelga, sus razones tendrán; el
PSOE-EE se abstuvo y Ezker Anitza-IU se quedó solo. Estos y parecidos sutiles
análisis, sin duda fruto de altas consideraciones políticas, nos llevan a esa
barrera de falta de entendimiento que cada día parece levantarse entre los
ciudadanos y los que debían ser sus representantes. Que el Partido Popular no
apoye una medida que rechaza una decisión del Gobierno, es entendible, pero que
partidos que se identifican plenamente con el rechazo a la reforma muestren
tanta tibieza, por no decir oposición, a que el Parlamento muestre su parecer de
apoyo o rechazo a la huelga, no ayuda a la cercanía y confianza que la Institución merece. Pedir
la retirada del morlaco sin bajar al ruedo a lidiarlo, desde el cómodo palco de
la presidencia, no levantará el entusiasmo de los peones. Digo yo.
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