De que la ciudad es un complejo mundo de intereses, en su mayoría legítimos, no teníamos duda. Pero si algún resquicio a la misma nos quedaba, el debate sobre la movilidad y los aparcamientos, lo ha cerrado definitivamente. La razón es fácil de comprender. Lo que para unos es vital: que los compradores dejen sus coches cerca de sus comercios; para otros rompe con los, también legítimos, deseos de desterrar en lo posible a los vehículos del centro y recuperar el espacio urbano para los viandantes. En una palabra peatonalizar, horrorosa palabra, el centro de Vitoria. Es comprensible que esto suceda y no es la primera vez, ni será la última. Recordemos el paso a la condición de peatonal de algunas de las calles que actualmente disfrutamos con naturalidad. ¡Cuántas reclamaciones, discusiones y comentarios de todo tipo, tuvieron lugar en esta ciudad cuando la calle Dato, o San Prudencio, pasaron a tener mayor prevalencia de los viandantes sobre el coche! Sin embargo ahora nadie concebiría volver a aquellas angostas aceras que es su momento fueron señas, de distinción incluso, de las diferentes clases sociales. La ciudad ha cambiado y lo ha hecho porque nosotros también hemos cambiado. El coche ha pasado de ser un artículo exclusivo de algunos a artículo de primera necesidad para los más. Bien es cierto que esa necesidad en ocasiones es más ficticia que real, y que llegar al centro desde la llamada periferia de Vitoria Gasteiz a realizar cualquier gestión, no lleva más allá de un cuarto de hora andando, pero nos hemos empapado de una cultura motorizada que nos hace dependientes del coche, como lo somos del teléfono móvil, y que lo eleva a la categoría de compañero inseparable. El comerciante, consciente de esa dependencia, reclama sitio para favorecer a sus potenciales clientes y, a pesar de saber que nunca será suficiente para albergar a todos los vehículos existentes, el PSOE-PSE alcalde, consiente en habilitar unas plazas de aparcamiento rotatorio en el de residentes de Amárica. Lo curioso son los argumentos: “era una promesa electoral” y el Plan de Movilidad “no es el catecismo”. Pues, menos mal.
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