domingo, 2 de marzo de 2008

DESTINO FATAL

La llamada violencia de género no cesa. Esta semana nuevo record y en un solo día: cuatro nuevas víctimas han engrosado la ya interminable lista. En esto no hay diferencia, desde la inmigrante, legal o ilegal, hasta la natural del país, con veinte generaciones autóctonas a sus espaldas, puede ser víctima. Al parecer todo depende del estado de ánimo en el que se encuentre el de “al lado”. Tampoco en esto hay diferencias: casadas por la iglesia o el juzgado, compañeras de hecho, novias o amigas. Da igual, a la que le toca, le toca. Con dieciséis años o con setenta, todas son candidatas. Pero… ¿se ha de admitir que esto sea el destino fatal de la mitad de la sociedad? ¿Es posible que admitamos como natural lo que no deja de ser más que una aberración? Algunos así lo entienden: “fíjate lo que habrá aguantado ese hombre para haber tenido que matar a la mujer”. La justificación diluye el delito y emborrona a la víctima. “Algo habrá hecho”, ¿recuerdan? Ahora, cuando nos referimos a las víctimas de la otra violencia, no podemos entender que durante tantos años la sociedad haya vuelto la cabeza sin querer ver la realidad de lo que estaba pasando. Y sin embargo convivimos bastante cómodamente con el maltrato de género. Escuchamos y vemos los medios de comunicación con las entrevistas a las vecinas, compañeros de trabajo, o personas que simplemente pasaban por allí, y seguimos nuestra vida pensando que esas cosas no nos van a pasar a nosotros aunque recordemos algún caso cercano, del barrio o del portal, en el que si pasó. La Ley contra la Violencia de Género ha dado pasos importantes para dar protección a las víctimas potenciales pero su aplicación tiene lagunas, interpretaciones interesadas y dilaciones inexcusables. Se necesita una verdadera educación en valores de convivencia y respeto tan básicos como el que nos ocupa. La descalificación social, el rechazo público hacia actitudes machistas inconcebibles, la incomprensión ante cualquier actitud que trate de justificar el maltrato ayudaría a cambiar la situación. Es cosa de todos sin que haya que esperar a que algún candidato nos lo prometa a cambio de su voto. Me gustaría que esa bonita carta de deseos a la “niña” que tan poéticamente nos leía el candidato popular incluyese: “y que tu compañero futuro no te maltrate, o te mate, por ser mujer”. Y que al menos eso fuera verdad.

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