domingo, 9 de septiembre de 2007

LA VUELTA

- ¿Qué tal te ha ido?, ¿ya de vuelta? – estas o similares parecen ser las frases más repetidas en esta semana que llevamos de lo que se piensa es el curso laboral de cualquier ciudadano. Ante la pregunta las respuestas son tan variadas como la vida misma y en todas brilla la nostalgia del tiempo pasado que aparentemente fue mejor. Pero… ¿es cierto esto? Porque probablemente son muchos los que echaron de menos su casa, su tranquilo sillón o incluso su paseo por el “centro”. O los txikitos con la cuadrilla cuando paseaban su cuerpo serrano por las atestadas playas, imposibles “chiringuitos” o aeropuertos sometidos a vigilancias de tercer grado por mor de la seguridad impuesta por el Gran Hermano. Las vacaciones obligan a cumplir con la publicidad y se han convertido en obligado desplazamiento hacia un mundo que promete ser mejor y que generalmente defrauda aunque nos guardemos mucho de confesarlo. Llamarle “inolvidables vacaciones” a nueve días de carreras enloquecidas de ciudad en ciudad, soportando colas en casi todos los sitios y pagando por una cerveza el doble de lo normal es como llamarle “baile de gala” a un guateque quinceañero. Un despropósito. Los mayores nos acordamos de aquellos tiempos en los que, algunos claro está “veraneaban”, es decir pasaban el verano fuera de casa. Se desplazaban, con todo tipo de utensilios para sobrevivir, hacia el campo o la playa y allí pasaban un par de meses al menos. Eso solía ser privilegio de las madres con niños ya que el padre se quedaba de “Rodríguez” haciendo sus pinitos en la cocina y quizás en otros campos más arriesgados. Los fines de semana se reunía la familia y se alternaba con aquellas otras a las que no se veía en el invierno. También estaba la visita obligada al secarral castellano o extremeño en donde muchos nacieron y en donde se volvía a degustar aquellas comidas que trasladaban a la niñez mientras se visitaba a los parientes, cada vez menos y más mayores. O, por qué no, al caserío del aitite, a probar las peras que habían respetado los pájaros, que no todos vinieron de lejos. Hoy, “Marina D´ors” nos ofrece un mundo maravilloso. ¿Se lo creerá alguien?

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