se muestran aquí las colaboraciones que desde el año 2004 viene realizando el autor en la contraportada del Diario de Noticias de Álava.
domingo, 22 de abril de 2007
ILEGÍTIMOS
Setenta años han tenido que pasar para que este país reconozca que los juicios sumarísimos que se hicieron por tribunales de guerra improvisados, después del golpe de Estado del año 1936, son “ilegítimos”. Es el mejor acuerdo al que se ha podido llegar en aras al consenso, entre el PSOE e IU para seguir adelante con la Ley de la Memoria Histórica tristemente bloqueada. Declararlos ilegales hubiese sido demasiado al parecer, ya que las reivindicaciones de los familiares de los que fueron ejecutados podrían colapsar el sistema judicial y poner en apuros al propio Estado. Así será, si así lo cuentan. Ahora, nos dicen, el que quiera podrá reclamar ante el Ministerio de Justicia una declaración de “represaliado” del franquismo y con ello al menos obtener una reparación moral. Bien está si ello contribuye a paliar en algo el olvido, el injusto silencio, la humillación familiar y personal, de tantos y tantos que pasaron por aquellos terribles trances y que las más de las veces acabaron su vida en alguna cuneta olvidada. Algunos opinan que es mejor pasar página de esta historia. No conviene remover antiguas disputas, como si de faltas menores se tratase. Hubo excesos en los dos bandos, justifican, tratando de convencernos de que la razón estaba dividida, que eran momentos difíciles y que por eso pasó lo que pasó. Mejor olvidar, dicen. Pero leyendo la declaración de Pedro Anitua Araberri, sacerdote y hombre ejemplar, que nos traslada el libro de Txema Flores y Iñaki Gil Basterra “Araba en 1936: guerra y represión”, sobre el fusilamiento, sin siquiera juicio, de 16 vitorianos, en la cuesta de Azáceta, algo me dice que no tienen razón. Que aquellas personas que fueron presuntamente liberadas el 31 de marzo de 1937 para ser ejecutadas horas más tarde en el fatídico kilómetro 16, se merecen ser recordadas y que su historia se conozca. Quizás nuestra generación pueda olvidar pero mis nietos merecen saber que su bisabuelo murió en una noche cualquiera, fusilado ante unas tapias en aplicación de una inventada ley de fugas que se aplicaba cuando se quería silenciar la palabra, sin más argumentos que su simple evocación. A ellos se lo debemos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario