domingo, 4 de marzo de 2007

CAMPANADAS A MUERTE

Desde hace treinta y un años, el día tres de marzo, las campanadas en Vitoria Gasteiz suenan a muerte. Desde entonces ha quedado en el recuerdo de la ciudad y de muchos de los que vivíamos aquí, la masacre que se cometió por unas fuerzas del orden enloquecidas, desbordadas y mal dirigidas, contra unos manifestantes que defendían sus derechos laborales tras interminables días de huelga. Todavía suenan en nuestros oídos las palabras entrecortadas de algún mando preguntando si, lo que estaba oyendo por la emisora, eran disparos al aire. Y las torpes explicaciones del ejecutor adelantando lo que más tarde pudimos comprobar: cinco personas muertas, cientos de heridos y una ciudad en estado de sitio, producto de la incapacidad manifiesta de los gobernantes y de unas fuerzas de seguridad educadas en los métodos de una dictadura sangrienta hasta su final, entonces muy reciente. Mas de treinta años y las víctimas de entonces siguen sin recibir las compensaciones morales y económicas que se les deben. Siguen teniendo que aguantar las historias que los asesinos contaron tratando de exculpar sus acciones. Todavía han de oír cómo desde el suelo intentaron arrebatar el arma al guardia y como éste no tuvo mas remedio que disparar. Todavía. Pero.., ¿hasta cuándo? Ayer, el cine nos traía el recuerdo, y los acordes de Lluis Llach clamaban al viento la hora de la restitución de la memoria. Dice Antonio Rivera que solo una cosa es peor que el olvido de la historia: la historia mal contada. El tres de marzo del año 395, Diocleciano mandó destruir las Actas de los mártires Santos Emeterio y Celedonio para que no quedase ningún recuerdo de su heroicidad y de su ejemplo para los cristianos. Desde entonces los mártires de Calahorra han pasado a la historia de forma indeleble. ¿pasará lo mismo con Romualdo Barroso, Francisco Aznar, Pedro Martínez Ocio, José Castillo y Bienvenido Pereda, asesinados aquella tarde? Dice Sarrionandia que “vivir es oficio de indigentes”. Al parecer, morir también.

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